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LA PEQUEÑA LUNA (Cuento para papás y mamás)

Luna Nació en la sociedad de la tecnología, del bienestar , de las apariencias sociales, del que más tiene más vale, del canon estético de las extensiones, las uñas de gel , las lentillas de colores y la cirugía estética, buscando con todo esto eso sí, un acabado muy ¿natural?

Nació en la sociedad de la exaltación, de la vida fácil y la venta de intimidad a golpe de talonario o  retweets. Todo muy chic, todo muy eco y sobretodo muy bio.

Bien hasta aquí no he hablado de valores ¿verdad?… Pues sí, aunque pueda parecer que no, en lo más profundo y de forma callada también en esa sociedad los valores eran los que creaban personas invisiblemente más felices que otras y sobretodo más libres de toda esa pantalla de luces y sombras chinescas y teatrales de unas vidas perfectas para una foto pero vacías de libertad.

Pero volvamos a Luna, para un bebé las necesidades básicas son totalmente opuestas a la sociedad en que le tocó vivir pero, por suerte, nació de  una pareja de jóvenes profesionales. Los dos habían pasado por su etapa universitaria y habían accedido a puestos laborales que les proporcionaron la solvencia económica necesaria para poder acceder a su  primera vivienda y formar una familia.

La madre tenía  formación en inteligencia emocional, no solo porque sabía que a través de ella se consigue ser más libre y feliz, sino porque sabía que eran los mejores recursos para criar a Luna. Quería enseñar a su hija la mejor manera de surfear los primeros retos de su vida y prepararla para que adquiriera las habilidades necesarias para abrirse paso en la sociedad, con autoestima, confianza, ganas de aprender y asumir retos, con capacidad de empatía y asertividad para hacerse oír. Ella sabía que para lograrlo solo eran muy importantes los primeros 5 años de vida de Luna.

En los 5 primeros años un niño aprende quien es y cómo debe de comportarse en sociedad para ser visto, reconocido  y aceptado y todo esto en el corto tiempo de 5 años en los que construye su personalidad.

Pues bien nuestros jóvenes papás tenían a Luna y querían lo mejor para ella, pero… ¿qué es lo mejor para un bebé cuando hay cientos de actividades que nos venden como necesarias? Guarderías, inglés para bebés, música, chino, danza, natación, yoga….

Decidieron  hacer un listado de cualidades que consideraban que Luna podría necesitar para salir al mundo y escribieron:

Confianza, en sus posibilidades personales.

Empatía, que sea una persona cercana y solidaria.

Capacidad para trabajar en equipo y en solitario, responsable con sus tareas.

Creativa, que tenga sus propios recursos y sepa improvisar.

Ávida de plantearse retos.

Constante en sus decisiones.

Que no decaiga ante los fracasos, que se los tome como oportunidades de aprendizaje.

Leal a los suyos.

Libre.

Bien, se sentaron los dos  y contemplando la lista se dieron cuenta de que si conseguían inculcar todo eso a su hija le habrían hecho el mejor de los regalos. Se durmieron felices y decidieron pensar entre los dos CÓMO lo conseguirían, a qué  profesionales acudirían o qué centros educativos serían los mejores.

Al día siguiente salieron a la ciudad a visitar guarderías, centro lúdicos infantiles que ofrecían un gran abanico tanto de material como de profesionales muy formados, vieron niños y más niños en diferentes recintos más pequeños o más grandes, eso sí sin sus padres…

Al volver a casa mamá le dijo a papá:- He tenido una sensación de abandono en el estómago, todo era muy bonito pero… frío. ¿Has visto a los bebés  durmiendo en esas preciosas cunas? Rodeados del ruido de otros niños que lloran o gritan mientras juegan, del sonido del timbre y las voces de diferentes personas que entran y salen de su espacio? ¿Cómo pueden reconocer a dónde pertenecen?, ¿Qué sonidos son los suyos? ¿Qué aromas son los de su hogar? ¿Dónde están las voces de sus padres? No, así no le podemos enseñar lealtad, pertenencia a su familia, no hasta que sea más grandecita, esto no lo necesita, nosotros nos encargaremos de enseñarle a comer a utilizar el orinal, a dormir y a jugar, así le daremos un espacio al que pertenece y al será leal, así le enseñaremos a aprender cómo lo haremos nosotros y haremos de nuestros errores su aprendizaje, ella en nuestro entorno se sentirá más confiada para asumir retos.

Papá dijo: Mañana buscaremos actividades que podamos hacer juntos.

Y así fue como entendieron que hasta los 3 años de Luna las mejores actividades que podían hacer eran aquellas que tuvieran que ver con su cuerpo su movimiento su psicomotricidad, el ritmo, la melodía, su expresión del mundo. Cuando conseguían que se divirtiera reptando, gateando, caminando, trepando, nadando, veían la expresión de concentración y felicidad en la cara de Luna, a veces de frustración pero, con su apoyo, la niña cada día era más fuerte, activa y segura de sus posibilidades, cada día tenía más ganas de aprender y no le importaba caer o rodar ya que empezaba de nuevo bajo la atenta mirada de sus padres que le iban proponiendo retos cada vez más difíciles.

Y así con esas habilidades ya aprendidas en casa, a los 2 años hizo nuevos amigos en la escuelita y luego en la escuela, ya estaba acostumbrada a aprender por lo que le fue fácil dedicarse a cosas más finas, aprender a compartir y empatizar con sus amigos sabiendo que, a la salida, sus papis estarían allí de nuevo para dedicarle un tiempo de calidad para ella y así ella entendió que sus papás también necesitaban tiempo para hacer sus tareas y las cosas que les gustaba, aprendió lo que es el funcionamiento sano de la familia, ella tenía su rol, su papel ,ayudaba y le ayudaban… ¡era útil!

Y Luna creció en la sociedad en la que le tocó vivir y en el hogar que tuvo la suerte de ser el suyo, un hogar de verdad en el que aprender, escuchar, dialogar, poder ser ella misma, el hogar al que volver siempre fuera lo adulta que fuera porque sus padres le dedicaron su tiempo y su aprendizaje. Luna se sentía “parte de” y libre, muy libre.

Lo que de verdad necesita un niño son sus padres, su familia y luego llegará la sociedad, todo paso a paso, el tiempo de ser niño/a es corto, ¡que sean niños!.